¿Quién tiene la última palabra? – Responsabilidad moral y lucidez
BEHAR -Levítico XXV - XXVI,2 - BEJUKOTAI Levítico XXVI,3 - XXVII
El título de nuestro capítulo hace referencia al Monte Sinaí donde Moshé recibió las instrucciones específicas acerca de la ley de shemitá, el descanso obligado de las tierras cada siete años. Los jajamim se plantean la interrogante: ¿por qué se seleccionó esta ley, en particular, para que mereciera ser comentada en el propio Sinaí? La respuesta es que, en realidad, todas las leyes fueron analizadas en sus diferentes detalles en aquel momento histórico y la ley de shemitá, por lo tanto, se utiliza, únicamente como un ejemplo.
Está claro que existen numerosas mitzvot adicionales que no fueron enunciadas en el Sinaí. Tenemos un enorme equipaje de mitzvot derabanán, de leyes que fueron promulgadas por nuestros sabios en épocas posteriores las que por fuerza tuvieron que estar ausentes en Sinaí. Los jajamim también se vieron obligados, de acuerdo con las circunstancias del momento, a afinar y a moderar las instrucciones de la Torá para poder mantenerse fieles a lo que consideraron era el espíritu de la Ley. Por ejemplo, la Torá prohíbe el cobro y el pago de intereses. En una sociedad agrícola es el cumplimiento de esta ordenanza es muy factible. Pero en una sociedad mercantil, y con mayor razón aún en nuestra sociedad industrial, o post industrial, el dinero se convierte en una mercancía, en un bien que posee valor propio. Hoy en día, por ejemplo, se habla del costo del dinero. Los que sufren son los menos afortunados, porque los préstamos les son negados. Por lo tanto, los jajamim instituyeron la héter iská, que es un documento legal que convierte al prestamista en una especie de inversionista. Así el cobro de intereses se convierte en los dividendos de una inversión. Para algunos, se trata de un artificio que evita la sanción de la ley. Para otros, es el resultado del ingenio de los eruditos, que por un lado facilita los préstamos al necesitado, pero que, al mismo tiempo, nos obliga a tomar conciencia de la prohibición básica de oprimir indiscriminadamente al prójimo. El mismo hecho de que tengamos que recurrir al héter iská, sirve para recordarnos que su ausencia implica que estaríamos violando una ley de la Torá.
El encendido de la luces de Janucá puede considerarse como el prototipo de una mitzvá propiamente dicha, instituida por nuestros jajamim. Los hechos que Janucá celebra ocurrieron siglos después de que la Torá fue otorgada en el Sinaí. Por lo tanto, podemos preguntar ¿cómo es posible recitar antes de encender estas luces asher kideshanu bemitzvotav vetzivanu…? ¿Acaso fue Dios quien nos ordenó encender estas luces durante un lapso de ocho días? Según la opinión de nuestros sabios, las instrucciones futuras de los jajamim fueron ordenadas, simbólicamente, en el Monte Sinaí. La Torá es la fuente de la autoridad de nuestros sabios. Así, el momento histórico del Sinaí se transforma en una revelación continua de la voluntad Divina a través de las interpretaciones y decisiones legales de los jajamim de todas las épocas.
Tal como Dios es el autor de la Torá, es también El que creó el intelecto humano, el que tendrá que interpretar en el futuro estas Sagradas Escrituras. Más aún, el Talmud en el tratado de Bavá Metziá relata una disputa entre Dios por un lado y el Tribunal Celestial por el otro, con referencia a una cuestión de tumá, que es la impureza ritual. Según el Todopoderoso, en la situación en cuestión no se produce una contaminación ritual; según el Tribunal Celestial sí la hay. El caso se llevó ante Rabá bar Najmani quien era muy estudioso de estas cuestiones, según el texto del Talmud citado. Está claro que carece de sentido instruir a Dios acerca de Su Ley. El, Dios, siempre tiene razón en cualquier duda acerca de la interpretación correcta de Su Voluntad. Con todo, la enseñanza que podemos derivar de nuestro episodio es la insistencia del Talmud que la Torá le fue dada al ser humano para que sea éste último quien la interprete de acuerdo con ciertas normas. Lo bashamáyim hi, una vez que la Torá fue entregada en el Monte Sinaí, dejó de ser propiedad celestial. Ahora es el hombre quien tiene la posibilidad y la obligación de estudiarla, interpretarla y profundizar en sus enseñanzas.
¿Acaso la Torá también le otorga a los jajamim la autoridad para cambiar radicalmente la ley? Esta es una interrogante cuya respuesta no es fácil o simple. A veces, por ejemplo, tomando en cuenta el hecho de que los vendedores de pescado se aprovechaban de la víspera de Pésaj para especular indebidamente con los precios, el rabino de la aldea prohibía comer pescado en esa festividad. Y en efecto, la persona que lo desobedecía estaría violando la ley. Nos han llegado relatos de los campos de concentración en la época nazi que dan testimonio de que cierto rabino ordenó a los allí detenidos comer en Yom Kipur dado la grave condición de desnutrición que hacía peligrar seriamente sus vidas. Cuando le participaron al Jafetz Jayim que las vidas de los integrantes de una compañía de soldados judíos en Siberia peligraba porque no tenían con que alimentarse y el frío era muy severo, respondió que podían comer jazir que era la única comida disponible (óber nit shmochken di béiner, sin chuparse los dedos). Nuestros sabios se basan en el pasuk de Tehilim que reza, et laasot laShem heferu Torateja, “tiempo es de hacer algo para el Señor, porque destruyen Tu ley”.
¿Puede un rabino, o un maestro de nuestra ley, contradecir la decisión de otro rabino? El Mará deatrá, el maestro del lugar tiene la última palabra en una cuestión legal. Sin embargo, un Beit Din, que es una Corte rabínica, o un talmid jajam, un sabio que pueda documentar la validez de una opinión contraria, citando fuentes autorizadas para tal efecto, podría anular la decisión original. ¿Quién decide cuál Beit Din tiene mayor autoridad que otro? ¿Cuáles son los parámetros que se utilizan para preferir entre dos autoridades rabínicas? Existen ciertos principios básicos. Generalmente consideramos que las generaciones anteriores eran más conocedoras de la ley, tal vez por estar más cercanas a nuestro comienzo en el marco del tiempo. Por ejemplo, los Amoraim que son los maestros de la Guemará, que contiene las discusiones de las academias y que forma parte del Talmud, no pueden cuestionar a los Tanaim que son los maestros de la Mishná, que es el compendio central y anterior de la Torá oral. Cuando enfrentamos una disputa entre los sabios de una misma generación, nos atenemos a varias reglas. Tal vez la más importante de ellas sea que respondemos a la mayoría, según la indicación de la Torá, ajarei rabim lehatot.
El Talmud en el citado tratado de Bavá Metziá relata que Rabí Eliézer, que por su piedad tenía poderes para alterar el curso de la naturaleza, invocó esta habilidad para imponer su punto de vista frente a la mayoría de los jajamim, los sabios de la época. Los jajamim se negaron a acatar la decisión de Rabí Eliézer, aun después de haber escuchado un bat kol, que es una voz de origen celestial que le daba a este Rabí Eliézer la razón en la disputa. Lo bashamáyim hi, argumentaron los jajamim. La Torá ya no se encuentra más en las alturas celestiales. Ahora somos nosotros, de acuerdo con las instrucciones de esta Torá, los que por ser mayoría tenemos la decisión en nuestras manos.
El Talmud establece una jerarquía respecto los jajamim señalando que la decisiones de algunos de ellos tienen preferencia sobre las de otros. En ocasiones no se puede llegar a una conclusión y se permite que la decisión final quede en teiku, en espera. No obstante lo antedicho, la realidad es que en cada generación sobresalen ciertos talmidei jajamim como los grandes eruditos cuyas decisiones son respetadas universalmente. El finado Rabí Moshé Feinstein de la ciudad de New York fue una de esas personalidades excepcionales. No existen parámetros definidos para alcanzar una posición intelectual que amerite el respeto de todos. Las numerosas decisiones rabínicas de Rabí Moshé Feinstein fueron publicadas y casi nunca fueron refutadas por otros estudiosos. De tal modo se convirtió en el posek, la persona cuyos fallos fueron mayoritariamente solicitados desde las más diversas y lejanas comunidades judías y cuyas decisiones son motivo de estudio en las diferentes yeshivot, las academias que se dedican, con exclusividad, al estudio de las fuentes judías tradicionales.
BEJUKOTAI
Responsabilidad moral y lucidez
Levítico XXVI,3 – XXVII
La porción sobresaliente de nuestros capítulos, que será repetida en forma ampliada en Ki tavó, en el quinto libro de la Torá, se conoce bajo el nombre de tojajá, la exhortación y advertencia de no desviarnos del sendero de las mitzvot. La Torá es muy clara en su afirmación inicial de nuestra lectura semanal, im bejukotai teleju… “si en Mis leyes anduviereis y cumpliereis Mis preceptos os brindaré lluvias a su tiempo y la tierra dará su producto y el árbol del campo dará su fruto”. Las bondades de la tierra son, según lo citado, el resultado del comportamiento y de las acciones de la gente. La tierra no es caprichosa y no requiere de sortilegios ni de brujería para su fertilidad. La abundancia de los frutos es el resultado de una función de la obediencia humana a las leyes. En forma paralela, los castigos y las desgracias son la consecuencia de la desobediencia y de la rebeldía. Veim lo tishmeú Li… “mas si no me escucharéis…, echaré sobre vosotros el terror…, y volveré Mi rostro contra vosotros…, y huiréis sin que nadie os persiga”.
En la visión de la Torá la naturaleza no es caprichosa y el mundo no se rige por el azar. (Einstein afirmó que no podía concebir a Dios jugando a los dados con el universo). Existe un orden y un por qué de las cosas. La actuación moral del hombre es la que determina el curso de los acontecimientos y la obligada reacción de la naturaleza. En los tiempos de Nóaj ya se había señalado vatishajet haáretz, que la tierra misma se había corrompido, incluyendo a todo ser viviente que la habitaba. El diluvio fue la consecuencia de la corrupción universal. En nuestros días podemos concluir en efecto, que, el hombre tiene los medios para hacer a la naturaleza más productiva. Al mismo tiempo estamos conscientes de que disponemos de medios nucleares para destruirla totalmente y hacerla inservible para las generaciones futuras por la contaminación radioactiva.
Con esta visión de las cosas, el enemigo externo es una consecuencia de la debilidad interna. Tal como el cuerpo humano está bajo la constante amenaza de microbios y virus que listos para aprovechar alguna fragilidad de nuestro sistema inmunológico, así, la sociedad y la naturaleza están bajo un acecho constante que puede materializarse, en una hecatombe por un simple descuido o por una flaqueza moral. El profeta Yeshayahu lo había advertido, meharsáyij umajariváyij mimej yetzeu, “tus asoladores y los que te saquearán saldrán de ti”. El verdadero enemigo está dentro de nosotros y somos, individual y personalmente, responsables de los males que nos azotan.
Hay quienes argumentan que la delicada situación política de Medinat Israel puede resolverse únicamente con la decidida solidaridad y unificación de propósitos de todo el pueblo judío. Al mismo tiempo se afirma que las más terribles consecuencias pueden darse en la ausencia de esta indispensable concertación de esfuerzos. Norman Podhoretz, el editor de COMMENTARY en su alarmante ensayo, ISRAEL: A LAMENTATION FROM THE FUTURE, (Israel: un lamento desde el futuro), advierte sobre los hechos y desarrollos que llevaron a la destrucción del Estado. Su alerta se dirige, en especial, al rol que jugamos, por la falta de claridad de propósitos y porque no existe una firme decisión de apoyo a nosotros mismos, algo que debería haber sido incondicional con referencia a la existencia del Estado. Nuestra lealtad se ve afectada debido, en parte, por la Intifada y los problemas de conciencia que despierta la lucha contra mujeres y niños. Los dirigentes de la Intifada, probablemente con el propósito de ganarse la buena voluntad del mundo, envían a sus mujeres y niños a lanzar piedras contra los soldados, entonces por atender con demasiada simpatía a lo que consideramos son los derechos de los Palestinos, al permitir es establecimiento de una Palestina dirigida por la OLP, comprometemos la seguridad de Israel.
Desde luego que el razonamiento en el que se basa el ensayo citado no goza de aprobación universal. Una fuerte polémica se ha entablado alrededor de esta tesis, que está siendo debatida con vehemencia y pasión. El argumento es controversial, pero, su enfoque es tradicional porque busca en nuestro propio medio las causas de la gravedad de la situación.
Desde cierto ángulo, ésta es una postura optimista porque afirma que el ser humano tiene el potencial y el vigor para sobreponerse a sus dificultades. La tojajá que en sinagogas de práctica jasídica no constituye una aliyá, porque no se llama a ningún feligrés para su lectura, contiene, en cierta forma, el germen de la nejamá, que es la consolación. Porque la tojajá no es una afirmación de lo desesperanzador e inevitable de nuestra situación. Hay bálsamos y soluciones para nuestras aflicciones. Los medios y los remedios pueden ser difíciles, costosos y amargos, pero existen y están a nuestro alcance. En la tesis del citado Podhoretz, los resultados no son seguros, aun contando con el supuesto apoyo incondicional a Israel, debido a la interferencia de otras presiones internacionales. En el más lúgubre de los casos, sin embargo, evitaría remordimientos futuros y una depresión profunda como resultado de no haber actuado en su momento, a la medida de nuestras posibilidades.
La tojajá de nuestra lectura es interrumpida por la mención alentadora de vezajartí et berití Yaacov, “y recordaré Mi pacto con Yaacov.” Aun en los momentos de oscuridad y de héster panim, de la ausencia de la Shejiná que es la presencia Divina, el valor de nuestros patriarcas tiene actualidad y vigencia. La lección que se desprende es que a pesar de nuestras desviaciones y descuidos, sigue vigente el ejemplo de los forjadores de nuestra tradición y fe. Aunque estén temporalmente bloqueados y ocultos, difusos e imprecisos, los ejemplos de jésed de Avraham, de disposición al sacrificio de Yitzjak, y de dedicación al estudio de Yaacov, permanecen con nosotros. Tal vez sea ésta una manifestación más de una auto estima inflada. Pero la implicación es que aun en nuestro error y en nuestro pecado, continuamos siendo los descendientes espirituales y discípulos de éstos, los primeros iconoclastas y revolucionarios sociales. Men ken nit opshatzen a yídishe kishke, reza el dicho popular, que significa que no se puede menospreciar la gran moralidad de las entrañas judías por su profundo arraigo en nuestra íntima composición personal y humana.
Nuestra preocupación obsesiva por la introspección no debe conducirnos a desatender la multiplicidad de los factores externos circundantes. Por ejemplo, no puede analizarse el fenómeno Nazi, tan humillante para toda la humanidad, pretendiendo atribuir sus raíces al comportamiento de la comunidad judía de Alemania. Estamos presenciando hoy, la reaparición del antisemitismo organizado en diversos países. Sería infantil, ingenuo e irresponsable, dejar de detectar el fuerte ingrediente anti judío en la infame resolución de las Naciones Unidas que equipara al Sionismo con el racismo. (Unos años más tarde se anuló esta resolución). En la Polonia de la post guerra se vio un resurgimiento del antisemitismo que se basaba en la memoria de la presencia judía en el país. Es una especie de antisemitismo histórico, porque la gran masa judía ha perecido y sus sobrevivientes han emigrado. En Italia, en estos días, aparecen manifestaciones de antisemitismo en localidades donde no vive ni siquiera un judío. En Europa, de manera general, recrudece el sentimiento anti judío. ¿El odio ciego del Islam contemporáneo hacia Israel no es una expresión de su antisemitismo? La guerra contra Israel no es un enfrentamiento contra el movimiento sionista exclusivamente. Nos encontramos cara a una confrontación de dimensiones casi globales contra el judaísmo, contra el pueblo judío en su totalidad en cualquier país donde resida actualmente. ¿Acaso los que cometen atentados terroristas saben distinguir entre judíos de la diáspora e Israelíes? En la medida que la golá aprecie, cada vez con mayor sinceridad y lucidez su identidad con el destino de Israel, mayor será la unidad entre ambos. Porque somos nosotros, todos juntos, los únicos garantes de nuestra sobrevivencia, para dar cumplimiento a la promesa profética de nétzaj Israel lo yeshaker, de la innegable eternidad de Israel.
¿Tiempos Mesiánicos?
El pluralismo de las ideas y la unidad de la acción
EMOR Levítico XXI - XXIV
El texto de la primera parte de nuestra lectura semanal está dedicado a una serie de leyes que son pertinentes al kohén. La Torá insta al kohén mantenerse ritualmente puro, para poder participar en todo momento, en los servicios del Beit HaMikdash. Por lo tanto, no debe tener contacto directo con un cadáver, ni con cualquier ser u objeto cuya cercanía puede resultar en su calificación de tamé que significa la impureza ritual. En un capítulo anterior, mencionamos la importancia singular que tenía la noción de pureza ritual durante el período de la existencia del Beit HaMikdash, y las numerosas consideraciones que giraban alrededor del concepto de tamé. Dado que el kohén es el sacerdote que oficia en el Templo y su figura es central en el culto religioso, es de importancia capital que no entre en contacto con cualquier ser u objeto que pudiera convertirlo en ritualmente impuro.
Una de las consecuencias de la destrucción del Templo de Jerusalem es la pérdida de la autoridad e importancia del kohén dentro del ámbito del culto. En ausencia de los sacrificios, para los cuales su figura era indispensable, surge ahora la figura del rabí, el maestro y erudito de las leyes. Pero aun en la época del Templo se observaba una dualidad de propósitos o, incluso, cierta rivalidad, entre la casta de los kohanim, representada por el grupo denominado los Tzedukim que son los Saduceos y los grandes expositores y maestros de la tradición, los Perushim que son los Fariseos. No conocemos con certeza el origen de esta nomenclatura. Es posible que el sacerdote Zadok dé origen a la palabra Tzedukim, mientras que la palabra Perushim hace referencia al hecho de que sus adeptos e integrantes eran grandes parshanim, que quiere decir expositores e intérpretes de las Escrituras.
Los Tzedukim se consideraban los guardianes autorizados de la ley y se regían por las tradiciones y las interpretaciones que guardaban celosamente y que consideraban de su exclusiva competencia. Los Perushim, en cambio, aunque se aferraban a los principios hermenéuticos (reglas para la interpretación de las Sagradas Escrituras), permitían una mayor participación del intelecto individual. Los Tzedukim se consideraban los poseedores de toda la verdad, mientras que los Perushim, por su condicionamiento dialéctico, confiaban en su metodología para la búsqueda de esa verdad. Los Tzedukim se apoyaban, generalmente, en el sentido literal de la palabra de la Torá y los Perushim se dedicaban a la investigación y a la búsqueda de algún significado más profundo del mensaje Divino.
Mientras la discusión se situó en el plano académico, ésta se desenvolvía de acuerdo con el geist de la tradición judía que permite la amplitud de criterios, promueve la investigación y estimula las discusiones intelectuales. Pero cuando la polémica se traduce en un comportamiento alternativo, entonces, existe la probabilidad de que la discusión se convierta en causal de fisuras y de posibles divisiones. Por ejemplo, en nuestra lectura semanal, la Torá nos instruye que hay que contar siete semanas entre Pésaj y Shavuot. Shavuot es la única festividad que carece de fecha en nuestro calendario. Depende exclusivamente del día de la celebración de Pésaj, que es el quince del primer mes Nisán. Al término de siete semanas después de Pésaj, se celebra Shavuot. La discusión se centró en el día exacto cuando se empieza la cuenta de estas siete semanas. La Torá reza, usefartem lajem mimojorat haShabat, “y harán su conteo con el día siguiente del Shabat”. La controversia giró alrededor del significado de la palabra Shabat.
Para los Tzedukim el vocablo Shabat tiene el significado único del séptimo día de la semana. Los Perushim argumentaron que una festividad también recibe el calificativo de Shabat y dado que el contexto de nuestra cita es la festividad de Pésaj, en este caso mimojorat haShabat quiere decir el día siguiente a Pésaj. Ahora bien, si el primer día de Pésaj coincide con un martes, por ejemplo, de acuerdo con los Perushim se empieza a contar las siete semanas el día miércoles para llegar a la celebración de Shavuot que se realizaría el cincuentavo día. Pero de acuerdo con los Tzedukim se comenzaría a contar recién el domingo siguiente. De este modo habría una diferencia de cuatro días entre las dos celebraciones, lo que significa una discrepancia en las opiniones.
En una época posterior, los Karaim (en la Israel actual existen aquellos que alegan pertenecer a este grupo) también insistirán en una lectura literal de la Torá. La instrucción bíblica de colocar tzitzit, las franjas rituales en las cuatro esquinas de nuestras vestimentas, da origen al talit, el manto ritual que utilizamos mientras recitamos las plegarias. Existe igualmente una versión que se denomina talit katán que se usa bajo la camisa, (aunque según las reglas gramaticales se deberían utilizar la palabra ketaná porque talit es de género femenino, el error se ha incorporado al vocabulario diario). La Torá ordena la colocación de los tzitzit sugiriendo el efecto de ureitem otam uzejartem et kol mitzvot HaShem, “y los verán y se recordarán de todas las ordenanzas de Dios”. Los tzitzit vienen a ser una especie de bandera, de símbolo recordatorio, de nuestras obligaciones según las instrucciones Divinas. Nuestros jajamim deducen de la palabra ureitem, que los tzitzit deben ponerse únicamente cuando se puede ver, cuando hay luz natural, es decir de día. Por lo tanto, no vestimos el talit en la sinagoga en la recitación de los rezos nocturnos. Para los karaim la palabra ureitem sugiere que hay que colocar un ejemplar de un talit en un lugar visible de la Sinagoga, sobre una pared, para que todos los asistentes lo vean y se cumpla uzejartem, y recordarán todas las ordenanzas de Dios.
En nuestros días, el intento de definir mi hu Yehudí, ¿quién es judío? o mejor dicho, ¿cuáles son los factores que determinan la condición de judío? ha conducido a una situación de serios enfrentamientos entre diferentes sectores del mundo judío. En los Estados Unidos, donde los miembros de la comunidad judía se identifican, individualmente, con las diversas corrientes religiosas del judaísmo, este tema ha afectado profundamente la sensibilidad de los miembros de la comunidad. A pesar de la existencia de diversas consideraciones teológicas, muy importantes y de gran significación, entre las distintas corrientes, mi hu Yehudí cuestiona la identidad judía de la persona y por lo tanto la reacción es muy violenta. Este hecho se pudo apreciar durante los recientes intentos de formación de un gobierno en Israel que se proponía reformar el Jok hashevut, la ley del retorno, invocando una nueva definición de la condición judía. (El problema se presentó cuando se intentó incorporar en la ley el concepto de guiur kehalajá. Es decir que toda conversión, una de las maneras de ingresar al judaísmo para quien no nació judío, tenía que realizarse de acuerdo con las normas ortodoxas, quedando excluido, en consecuencia, el método de los Conservadores y él de los Reformistas).
Concluimos nuestras reflexiones, señalando que el judaísmo siempre propició un clima de libre pensamiento en un ambiente de cuestionamiento constante respecto a las ideas reinantes en las diferentes épocas. Pero, al mismo tiempo, insistió en cierta uniformidad en el comportamiento diario, en la halajá lemaasé, en las normas de acción y de esta manera se pudo mantener durante siglos una continuidad histórica de la identidad judía. Esto se hizo aunque carecíamos de tierra propia y dispersos en los confines del globo. A partir de la existencia del Estado de Israel ¿podemos permitirnos la diversidad de acción y retener al mismo tiempo una identidad común? Por el momento, en vista de la delicada situación política en Israel, resulta inconveniente una lucha ideológica que llevaría a la división justamente cuando la unión es vital importancia. A pesar de los señalamientos de otras corrientes, mi preferencia personal se inclina por una actitud que evite la posibilidad de resultados imprevistos y mantener nuestro compromiso con la halajá tradicional, especialmente en aquellos aspectos que afectan nuestro carácter e idiosincrasia nacionales.
Peligra el Monoteismo?
El Día del Perdón, el ritual y la esencia – “Honrarás a tu padre y a tu madre”
AJAREI MOT - Levítico XVI - XVIII KEDOSHIM Levítico XIX - XX
En Yom Kipur, que es el día más sagrado de nuestro calendario (en nuestros tiempos adquiere un significado adicional por haberle prestado su nombre a la guerra de 1973 entre Israel y sus vecinos), se da lectura pública a algunos párrafos de nuestros capítulos semanales. En la mañana de Yom Kipur se lee acerca de los dos chivos que formaban parte del ritual del día. Por intermedio de un sorteo se designaba cual de estos animales sería el sacrificado. Después de la confesión pública del kohén de los errores cometidos por el pueblo, el segundo de los chivos era enviado al desierto. Un tal ish ití, que era una persona designada de antemano para tal propósito, era el encargado de conducir a ese chivo al desierto. Este ritual da origen a la expresión “chivo expiatorio” (cargarle a otro las culpas de uno) utilizada en la mayoría de las lenguas occidentales.
Durante la noche anterior a la festividad, el kohén (el que oficia el ritual en Yom Kipur es el kohén gadol, aquel que ocupa la posición ejercida por primera vez por Aharón, el hermano de Moshé) permanecía despierto repasando el orden de los servicios religiosos del día siguiente. En ocasiones cuando el kohén no era lo suficientemente ilustrado para el estudio propio, los sabios repetían con él, las diferentes instrucciones y ordenanzas que tendría que cumplir durante el día de Yom Kipur. Se le exigía un juramento al kohén en el que prometía no desviarse del orden establecido por los jajamim. Esto se debe probablemente a la diferencia de opinión entre los Perushim y los Tzedukim con referencia al orden exacto de los ritos de este día sagrado. Los jajamim querían asegurarse de que el kohén siguiera el orden de los Perushim, especialmente cuando su actividad tenía lugar en privado durante su permanencia en el Kódesh hakodashim, que es el lugar de mayor santidad en el Beit HaMikdash. No se le permitía al kohén conciliar el sueño durante toda la noche y los pirjei kehuná (jóvenes aprendices del sacerdocio) lo despertaban, cuando observaban que se adormecía.
El kohén ofrecía quince sacrificios en su propósito de solicitar el perdón baadó, por sus pecados personales, por beitó, los pecados de su familia (la palabra beitó, que quiere decir familia u hogar, se identifica con la esposa), y por lo tanto era indispensable que este kohén fuera un hombre casado. Se escogía una sustituta para su esposa, en caso de que ésta falleciera en la víspera de Yom Kipur y su muerte causara que el kohén se viera impedido de cumplir cabalmente sus funciones por no tener esposa y, por este motivo, posiblemente podría no ser atendido en su petición del perdón por los pecados de todo el pueblo de Israel.
En el curso de las ofrendas de sacrificios, el kohén tenía que cambiar su ropaje cinco veces, previa inmersión cada vez en una mikvé, la piscina ritual. En el cumplimiento de sus obligaciones durante el resto del año, el kohén se cubría con unas ocho vestimentas que contenían hilos dorados, para el oficio religioso. En Yom Kipur, en cambio, y en señal de humildad vestía cuatro túnicas simples de lino blanco. El lujo y la ostentación no son compatibles con la petición por el perdón que ese día era el propósito esencial del kohén.
En el transcurso de Yom Kipur, el kohén implora el perdón en tres oportunidades. Ante todo solicita el perdón por sus pecados y por los de su familia. Luego pide nuevamente el perdón por sus pecados y por los de sus familiares, pero esta vez incluye una petición por el perdón por los pecados de los demás kohanim. La solicitud por el perdón de todo el pueblo de Israel, la hace el kohén unos momentos antes de enviar el segundo chivo al desierto. Cuando el pueblo escuchaba como el kohén pronunciaba el “Nombre explícito” de Dios, todos se postraban y repetían Baruj Shem kevod maljutó leolam vaed, “bendito sea Su majestuoso Nombre por siempre jamás”. Esta es la misma frase que generalmente se pronuncia en silencio, pero que es recitada en voz alta en la sinagoga durante los rezos de Yom Kipur.
Por lo citado del ritual de ese día, es evidente que nuestra celebración actual de Yom Kipur difiere mucho de la majestuosidad y solemnidad de los tiempos del Beit HaMikdash. El ritual se centraba, en aquel entonces, en el kohén el cual tenía que realizar una serie de sacrificios y abluciones y tenía que obtener kapará, que es la absolución y el perdón por los pecados cometidos por todos. Con la destrucción del Beit HaMikdash, el pueblo judío quedó inconsolable porque desconocía si había una manera tradicional diferente para obtener anualmente el perdón Divino. Pero el genio de nuestro pueblo no permaneció inerte. La Sinagoga, con su enseñanza de que la palabra y la oración son el auténtico “servicio del corazón” en la feliz expresión del Talmud, ofreció una alternativa al Templo de Jerusalén. Efectivamente, durante el transcurso de las oraciones de Yom Kipur, se “recita” el orden de los sacrificios y se rememoran todas las actividades del kohén en ese día. Uneshalmá farim sefatenu, “y nuestros labios ocuparán el lugar de los toros”, (los animales que eran sacrificados) esta frase del profeta Hoshea, ofreció un texto bíblico de apoyo, para la sustitución de los sacrificios por las oraciones.
A la conclusión del período de ayuno y de oraciones de Yom Kipur, la mayoría sentimos una especie de catarsis, de alivio emocional y de elevación espiritual al salir de las sinagogas. En épocas anteriores, según el Talmud, a la conclusión del día de Yom Kipur había celebraciones de regocijo por la ansiada y anticipada aceptación Divina de los oficios del kohén. Las jóvenes, elegantemente vestidas danzaban en las calles y solicitaban a los jóvenes de edad matrimonial que escogiesen pareja. Joven: ¡no te fijes en la belleza superficial y observa mas bien el ancestro y la procedencia!, solían exclamar. Tal vez, debido a esta tradición popular de la búsqueda de shidujim en esta fecha, la lectura de la Torá escogida para la tarde de Yom Kipur exhorta en contra de los matrimonios prohibidos y contra el incesto en particular. O tal vez, dado que en Yom Kipur se congregaba a las grandes mayorías, se aprovechaba el momento para dar lectura a la lista de prohibiciones sexuales, cuyo conocimiento es esencial para la estructura de toda sociedad humana.
El siguiente es un listado de las relaciones sexuales prohibidas según nuestro texto bíblico:
a. Entre madre e hijo.
b. Entre madrastra e hijastro.
c. Entre hermano y hermana, o hermanastro y hermanastra. Un hombre puede casarse con la hija de un padrastro o de una madrastra, producto de un matrimonio anterior.
d. Entre padre e hija, o entre abuelo y nieta.
e. Con la hermana del padre o de la madre.
f. Con la esposa del hermano de (su) padre.
g. Con su nuera, aunque ésta ya no esté casada con su hijo.
h. Con la esposa de su hermano o de su hermanastro.
i. Con una mujer y su hija (en la Torá se concibe tener más de una esposa).
j. Con una mujer y la hija de su (de la mujer) hijo.
k. Con una mujer y la hija de su (de la mujer) hija.
l. Con la hermana de su esposa (durante la vida de su esposa).
Concluimos nuestros apuntes semanales con una breve reflexión acerca del hecho de que en el judaísmo el sexo no es un tabú, ni una manifestación exclusiva y obsesiva del deseo carnal del ser humano. De ninguna manera debemos considerar al sexo como una concesión al instinto animal del ser humano y a su absoluta necesidad para la sobrevivencia de la especie. Desde luego que nuestras consideraciones están matizadas por los conocimientos científicos de nuestros días. Sin embargo, se puede documentar ampliamente con textos bíblicos, con fuentes del Midrash y del Talmud, que en el judaísmo existe una actitud positiva frente al sexo. Más aún, la Kabalá, en particular, contiene numerosas citas que exaltan lo sublime del acto sexual. Nuestros capítulos, sin embargo, establecen límites a la actividad sexual, (a la cual hay que añadir la modificación impuesta por el Beit Din de Rabenu Guershom Maor Hagolá que prohibió la poligamia) límites que han sido adoptados, casi al pie de la letra, por la sociedad moderna occidental.
KEDOSHIM
“Honrarás a tu padre y a tu madre”
Levítico XIX – XX
El título de nuestra lectura bíblica proviene de la raíz hebrea kadosh que quiere decir santo o sagrado. Dios le dice a Moshé que instruya a toda la congregación de Israel ser kedoshim, santificados, porque El, también lo es. Según Rashí, la instrucción de kedoshim debe entenderse en el sentido de que nos separemos o que nos mantengamos aparte, que no participemos en las relaciones sexuales incestuosas que son el tema de los capítulos anteriores. Al mismo tiempo debemos mantenernos separados de cualquier averá, que es la desobediencia a una mitzvá, la que a su vez es una ordenanza Divina contenida en la Torá.
La oración central de las tardes de Shabat reza Atá ejad, veShimejá ejad, umí keamejá Israel, goy ejad baáretz, que quiere decir Tu (Dios) eres Uno (único), y Tu Nombre es Uno, y quien como Tu pueblo Israel, que es un pueblo único en la tierra. Efectivamente, desde el comienzo de nuestra historia como pueblo, hemos sido kedoshim, diferentes y “otros” en relación con el resto de la humanidad. Según el Midrash, Avraham se llamaba Ivrí, porque él, se situaba en un éver o lado del río y el resto del mundo estaba en la orilla opuesta. Avraham enfrenta al resto del mundo y lo estimula con su concepción de la Divinidad única.
Golda Meir se refirió a esta característica también, cuando, en el seno de las Naciones Unidas, señaló que cada una de las naciones que la integran, tiene alguna afinidad especial con alguna otra. Ya sea por pertenecer al mismo bloque ideológico y político, ya sea por razones culturales o históricas, ya sea por compartir el idioma o la religión. Venezuela, por ejemplo, pertenece al grupo Latinoamericano. El español, que es su idioma, es compartido por un amplio sector del continente. La religión católica es practicada por la mayoría de sus habitantes y por un gran número de los habitantes de las otras naciones del continente americano. La afinidad entre los diferentes países árabes es por todos conocida. El caso de Israel, en cambio, es único. No comparte ni el idioma, ni la religión con nación alguna. Israel, es diferente. Israel, es único. Israel es el judío de las Naciones Unidas.
El pueblo judío no adhiere a los principios y a las normas de la historia universal. El historiador Arnold Toynbee tuvo grandes dificultades en integrar e incluir a este pueblo en su esquema de la humanidad. Es posible que no hubiese manifestado prejuicios de antisemitismo cuando nos calificó de pueblo fósil. Parece que no pudo ubicarnos, cómodamente, en su modelo histórico: es el único caso en los anales de la humanidad, donde que un pueblo se mantiene fiel a su identidad nacional y religiosa, por el largo lapso de dos milenios, sin tierra propia bajo sus pies. Los estudiosos ofrecen diversos motivos y causas para este hecho. Pero la realidad continúa igual. Hemos desafiado todas las teorías y continuamos siendo, cuando ya debíamos haber dejado de existir.
De manera similar, la nomenclatura que es aplicable a otros pueblos, no es rigurosa en nuestro caso. El Judaísmo no es exactamente una religión. (El finado Rabino Dr. Leo Jung del Jewish Center de New York solía enseñarnos en un curso que dictaba en Yeshiva University, que en el judaísmo, no hay dogmas, a sabiendas de que el dogma es fundamental para las religiones). Ser judío no equivale (no es idéntico) a la práctica del judaísmo. Es mucho más fácil responder a la famosa interrogante de ¿”quién es judío”? (aunque políticamente es una cuestión candente en la actualidad, que repercute en este momento histórico cuando deberíamos sumar fuerzas y abstenernos de divisiones internas adicionales), que a la pregunta ¿”qué es un judío”?
La “elección” del pueblo judío que es una noción que repetimos cuando somos llamados a la lectura de la Torá al recitar asher bájar banu mikol haamim, significa “que nos escogió entre todos los pueblos”, tiene que ser entendida y explicada de alguna manera. Es arrogante y seguramente erróneo, presumir que somos mejores que otros. Si nos destacamos en algunas disciplinas, somos débiles en otros campos. No cabe duda, sin embargo, que el mundo en el cual hemos actuado nos considera diferentes y “otros”. Nuestra “elección”, se debe manifestar tal vez, en la firmeza de nuestras convicciones y en la disposición a entregar nuestras vidas, a mantenernos fieles, leales y consecuentes con nuestros ideales, que al fin de cuentas debe ser el modelo a seguir por toda la humanidad. Se nos ha comparado con una corriente en las cercanías de las islas de Bermuda, que está en medio de un inmenso océano y que, sin embargo, no permite que sus aguas se confundan con las aguas que la rodean manteniendo esta corriente sus características especiales.
La Torá le pone un marco y un límite adicional a la relación entre padres e hijos al incluir en el mismo versículo de nuestro texto semanal, el temor a los padres y la obligatoriedad de cuidar el Shabat. Los jajamim utilizan esta coincidencia para enseñar que la obediencia a los padres, está condicionada a las enseñanzas de la tradición. O sea que la Torá es suprema cuando un padre ordena el desafío a sus leyes. Este tema, el de la interacción entre padres e hijos, está incluido en el listado de los Diez Mandamientos. Según los jajamim, el dictamen que ordena “honra a tu padre y a tu madre” sirve para que se produzca la transición entre las obligaciones del ser humano con su Creador, que es el patrón del primer grupo y las leyes que rigen las relaciones entre los hombres, contenidas en los últimos cinco mandamientos. Dios es el creador del cosmos y nuestros padres son nuestros “creadores” biológicos.
En nuestros días, cuando observamos el debilitamiento de la unidad familiar se hace imperioso el énfasis en el cumplimiento de esta ley de “honrar y temer” a los padres. El Talmud especifica esta relación señalando que un hijo no debe sentarse en el puesto fijo del padre en la mesa, no debe contradecirlo, y cuando su padre está debatiendo con otra persona, el hijo debe abstenerse de participar. Ni siquiera para darle la razón a su padre. Lo antedicho forma parte de morá, el “temor” al padre. La “honra” que se le debe al padre, kibud, en hebreo, se traduce en brindarle comida y bebida (en caso de pobreza,) de proporcionarle vestimentas (si fuese necesario), y de permitirle entrar o salir primero de cualquier lugar.
El Talmud, igualmente en el tratado de Kidushín, afirma que el padre también tiene obligaciones específicas con su hijo. El padre tiene la responsabilidad de enseñarle Torá (desde tiempos antiguos se transfirió la tarea de la educación a los maestros y a las escuelas), de facilitarle un oficio para que pueda defenderse en la vida (durante la Edad Media, los judíos fueron excluidos de los gremios de artesanos y por lo tanto tuvieron que dedicarse a otras actividades). El padre debe circuncidarlo (berit milá) a los ocho días, “redimirlo”, cuando es aplicable, a los treinta días (pidyón habén). Un padre tiene que enseñarle a nadar (¿physical fitness?) a su hijo. Quizás la intención de esta instrucción es que un padre debe ayudar para que su hijo pueda defenderse en las diferentes situaciones que la vida y la naturaleza le pueden presentar. Un padre debe encontrar una esposa para su hijo (la referencia probable es prepararlo emocional y económicamente para contraer matrimonio). De esta manera, la tradición judía no se satisface con una instrucción abstracta, sino que define la manera como debemos llevar a la práctica esta relación entre padres e hijos.
Nuestros capítulos semanales contienen numerosas leyes e instrucciones adicionales que son de importancia capital y que merecen un estudio minucioso. Terminamos nuestras líneas citando a continuación la ley que prohíbe no sólo la adoración de los ídolos, sino qué incluso está prohibido considerar la mera posibilidad de su existencia. Es obvio entonces, que consultar diariamente el horóscopo, o acudir a un adivino o hechicero, no es algo acorde con nuestra ley. Nuestro asombro fue grande, cuando nos enteramos de que la esposa de Ronald Reagan consultaba con una astróloga de Los Ángeles, porque temía por la vida de su esposo. Para Nancy Reagan, los secretos de la astronomía (que podían ser descubiertos por la nave espacial Challenger), no se comparan con los vaticinios infalibles para ella, que la vidente astróloga le proporcionaba. Si esto es así, quien puede menospreciar la urgente necesidad del estudio de la Torá (con sus normas que prohiben la práctica de la magia y de la superstición) y de la práctica de sus leyes, que obviamente continúa vigente en nuestra modernidad.
La Comunidad Judía de Venezuela. Pasado, Presente y Futuro
Entrevista con Paulina Gamus, Henry Grunberg, Leo Corry, Martín Goldberg y Anabella Glijanschi
La etiología moral de la lepra – ¿Sufrirá el justo y el injusto será recompensado?
Parashá Tazría - Metzorá
En opinión de numerosos estudiosos de la realidad religiosa y social de nuestro pueblo, Shabat y kashrut son los dos pilares fundamentales de nuestra tradición. Al igual que muchas otras generalizaciones que resultan frágiles frente a cuestionamientos serios, éstas también sucumben ante un análisis cuidadoso. Sin embargo, tiene un uso pragmático porque sirve para un análisis precoz de la condición religiosa del individuo o de una comunidad. Los mencionados pilares de la tradición son una especie de barómetro que sirven para medir el grado de observancia de nuestras leyes. Asumimos, generalmente, que las personas que observan Shabat y kashrut, también cumplen, con otras mitzvot. No corremos ningún riesgo si inferimos que las personas que son meticulosas con las numerosas leyes de Shabat, igualmente escuchan los sonidos del shofar, que es el cuerno de un cordero, en Rosh HaShaná y se abstienen de comer jametz, que son los alimentos leudantes prohibidos en Pésaj.
Dado que el kashrut distingue diariamente al hogar judío, esta mitzvá tiene una importancia singular en nuestra tradición. Además, toda una industria de alimentos ha surgido a su alrededor. Especialmente en festividad de Pésaj hay muchos preparativos en los hogares y los alimentos kasher lePésaj juegan un papel determinante en todas nuestras comunidades. Esta palabra, generalmente pronunciada kósher por los americanos, forma parte del idioma inglés, al menos el que utilizan todos, judíos y gentiles, en los grandes centros urbanos de los Estados Unidos. Taref o terefá, significa “no es kasher”, o sea un alimento prohibido. Estos dos vocablos kasher y taref, por lo tanto, desempeñan un papel singular y significativo en la vida hogareña y comunitaria del mundo judío contemporáneo.
Si nos remontamos un par de milenios atrás, a la época de la existencia del Beit HaMikdash, que es el sagrado Templo de Jerusalem, nos encontramos conque kasher y taref no son ubicuos en la vida cotidiana y no juegan el papel determinante de nuestros días. Tamé, que quiere decir lo que es ritualmente impuro; y tahor, lo que es ritualmente puro; son los dos conceptos claves que acaparan la atención y la preocupación cotidiana de la sociedad judía de aquel entonces. El servicio y el ritual del Beit HaMikdash cuyo alrededor giraba el grueso del culto religioso de la época, obliga a la consideración de estas dos condiciones rituales de un judío. El ingreso del feligrés al recinto del Templo y su posible participación en alguno de los rituales dependen de su estado de “pureza ritual” para ese momento. Para poder pasar de un estado de tamé al de tahor se tiene que cumplir con varios pasos que pueden incluir el ofrecimiento de sacrificios y las abluciones en un mikvé, una piscina de agua ritual, según lo que se indique para cada situación en particular.
Nuestros capítulos semanales dan comienzo a un análisis de este mundo de tahará, de la pureza ritual, con una descripción de la enfermedad nega tzaráat, usualmente identificada con la lepra. Si partimos del punto de vista de que la Biblia no es un texto de medicina, cabe preguntarnos, ¿qué lugar ocupa un tratado detallado acerca de esta contagiosa enfermedad tzaráat en un compendio de principios morales? Aparentemente, en la concepción de las sagradas escrituras, contraer esta enfermedad no es accidental, sino el castigo por un comportamiento dudoso o ciertamente inmoral. En Shemot (Éxodo) IV, 6, leemos, “y añadió el Eterno: pon ahora tu mano en tu pecho. Y puso (Moshé) su mano en su pecho y la retiró como leprosa, blanca como la nieve”. En el próximo versículo, Dios hace desaparecer la lepra, lo que constituye una demostración de poderes extraordinarios que Moshé podría utilizar para convencer al Faraón de que permitiese la salida de los hebreos de su territorio.
En realidad, ésta es la segunda demostración que Dios le hace a Moshé. La primera de ellas consiste en arrojar su bastón al suelo para que se convierta en una serpiente. ¿Cuál es el propósito de la segunda demostración, la lepra? Hay quien considera que tal vez la prueba de la lepra fue un castigo para Moshé, porque en el primer versículo de este mismo capítulo leemos, “y respondió Moshé, ¿y si ellos (los hebreos) no me creyeran y no me escucharan porque dijeran: no se te apareció el Eterno”? Esta falta de confianza en el pueblo que se desprende de las palabras de Moshé es la causa de que Dios ordene, aunque sólo sea momentáneamente, el azote de la lepra en la mano de Moisés. En el Talmud, Resh Lakish afirma que quien tenga sospechas de una persona que no es culpable sufre un castigo corporal y cita como prueba la mano leprosa de Moshé.
En Bemidbar (Números) XII, 1, dice el texto: “y hablaron Miryam y Aharón contra Moshé por causa de la mujer kushit (etíope) que él había tomado por mujer”. Algunos versículos más adelante leemos, “no es así con mi siervo Moshé, que Me es fiel en gran manera. Con él hablo cara a cara, en visión clara… Y cuando la nube se retiró del tabernáculo he aquí que Miryam se convirtió en leprosa, blanca como la nieve…”. Según este relato, la lepra que sufre Miryam también se debe al haber hablado en contra de Moshé.
De los dos casos citados se desprende entonces, que tzaráat es una aflicción resultante de alguna falta moral que no está ligada a una acción, sino a la calumnia o a la apreciación errónea del calibre moral del prójimo. Sin embargo, esta tzaráat se manifiesta como una enfermedad fisiológica y el kohén tiene la función de diagnosticar y luego indicar el tratamiento requerido. De acuerdo a ciertas tonalidades de color y de apariencia, se le indica al doliente si es necesario que se aparte del campamento comunitario por un período prudencial, hasta que la herida cure de acuerdo con la opinión del kohén. Las vestimentas del afligido tienen que ser lavadas, y luego salpicadas siete veces con el líquido que contiene también la sangre de un ave sacrificada. Su ropa se lava nuevamente y tiene que quitarse los vellos del cuerpo, hacer una inmersión, salir fuera del ámbito de la comunidad por un período de siete días, para luego ser considerado tahor. En el octavo día tiene que ofrecer unos sacrificios acompañados de un complejo ceremonial. ¿Por qué se le exige el ofrecimiento de un sacrificio? ¿Acaso tiene la persona alguna responsabilidad moral por haberse enfermado? Forzosamente debemos concluir, según la perspectiva de la Torá, que uno contrae nega tzaráat por haber cometido una falta de tipo religioso moral que requiere kapará, la expiación a través de la ofrenda de algún sacrificio.
En otros libros bíblicos también encontramos episodios donde se menciona la lepra. El rey Uziyahu, por ejemplo, es castigado con lepra por intentar participar en el ritual de los sacrificios en el Templo. En la tradición judía hay una separación entre kéter malejut, que es la corona del reino, y kéter kehuná, que es la corona del sacerdocio. Por ello, Uziyahu fue exilado de la comunidad hasta el día de su muerte.
Si por un lado se considera que la lepra es un castigo, su curación se estima como el resultado de la intervención Divina. En los libros de los profetas se nos enseña que Naamán, el general del rey de Aram, es curado por el profeta Elisha, quien le ordena siete abluciones en el río Jordán. Mientras que el joven aprendiz del profeta, Guejazí, se contagia con la misma lepra, por haber recibido en contra de la voluntad del profeta, un regalo de Naamán. De esta manera, nuestra tradición le da una perspectiva moral a una enfermedad que azotó a la humanidad por siglos y que para muchos era el resultado del caprichoso comportamiento de la naturaleza y de la ira imprevista de los dioses que su imaginación había creado.
METZORÁ
¿Sufrirá el justo y el injusto será recompensado?
Levítico XIV – XV
Tal como lo constatamos anteriormente, nega tzaráat, que es la enfermedad que se identifica frecuentemente con la lepra, era un terrible azote para la humanidad. La Torá se hace eco de esa preocupación del ser humano, al dedicarle capítulos enteros a su diagnóstico, pronóstico y curación. El kohén, el sacerdote que ejerce las funciones medicinales en esta área, se ocupa adicionalmente de la “lepra de las vestimentas” y la “lepra de las casas”. El proceso de la curación de esta dolencia, implica ser excluido del ámbito comunitario, la inspección periódica de las lesiones y el ofrecimiento eventual de algunos sacrificios.
Cualquier reflexión sobre este tema requiere responder ante todo a la siguiente interrogante: ¿por qué se ocupa la Torá de una enfermedad? ¿Es acaso la Torá un texto de medicina? Obviamente la respuesta es negativa. Concebimos la Torá como una guía para nuestro comportamiento espiritual, moral y social. Todos los relatos que contiene deben evidenciar una enseñanza moral. Porque la Torá no es un libro de historia, y desde la perspectiva de esta misma Torá, al ser creadas el hombre y la mujer fueron dotados con un intelecto que les permite investigar y descubrir, que tiene la capacidad de crear y de ingeniarse para enfrentar los desafíos de la naturaleza y descubrir sus mecanismos primarios. Esto incluye, desde luego, la posibilidad de encontrar los remedios y las curaciones de los males que nos aquejan.
Nuestros jajamim entendieron esta dificultad y sugieren que nega tzaráat no es una enfermedad fisiológica adicional, sino una manifestación externa de desviaciones morales que atañen particularmente al dominio de la injuria y de la calumnia. La dolencia nega tzaráat según esta concepción, viene a ser un fiel retrato a lo Dorian Gray que pone en evidencia el estado espiritual del doliente. Entonces, tal vez sería oportuno, investigar si en la visión judía, las enfermedades son accidentales en la naturaleza o el resultado de ciertos malos hábitos físicos, o si constituyen un castigo por errores cometidos en el ámbito de la ética y del culto.
Es posible documentar, con textos bíblicos, el argumento de que la enfermedad es un castigo por desobediencia a la palabra de Dios y por cometer aberraciones del orden moral. Podemos citar, por ejemplo, la muerte del hijo que nace de la unión entre Bat Sheva y el rey David. Recordemos que el rey envía a Uría, el esposo de Bat Sheva, a una muerte segura en las primeras filas de la batalla, para poder apoderarse de la bella mujer. (Esta explicación nos debe conducir a considerar un problema que causa mayor consternación aún, que es la muerte del recién nacido, totalmente inocente de los quehaceres de sus progenitores). El rey Ajav muere en el curso de una batalla porque se había apoderado del viñedo de Navot y así sucesivamente. ¿Cuál es el propósito del castigo? ¿Nos encontramos acaso frente a manifestaciones de venganza, debido al carácter severo del Dios de Israel, como sostienen algunos de los detractores de nuestra fe? Tal vez se puede considerar al castigo como una advertencia, que a veces es implacable, pero cuyo propósito principal es el de prevenir para que el error no se repita.
El libro bíblico de Iyov (Job) puede considerarse como un intento de respuesta al problema del sufrimiento de una humanidad que en numerosas ocasiones no puede encontrar una relación de causa y efecto entre el crimen y el castigo. Iyov se rebela ante la sugerencia de uno de sus amigos, Elifaz el Teimanita, que le dice, “has memoria: ¿quién murió siendo inocente? O, cuándo fue una persona recta destruida? Conforme a lo que he visto, los que siembran la iniquidad y aran la desdicha, cosechan lo mismo”. (Job IV; 7,8). En las páginas de la Mishná, Rabí Yanai expresa el sentimiento de muchos de sus contemporáneos al exclamar: “no está a nuestro alcance explicar la prosperidad de los malvados y el sufrimiento de los justos”. Esta es una clara admisión de la complejidad del problema y de lo insuficiente de nuestro razonamiento para explicar una realidad siempre conflictiva que resulta inconsistente con nuestra estimación de la justicia.
Nuestro maestro, Harav Yosef Dov Haleví Soloveitchik, solía enseñarnos, haciéndose eco de los exegetas, que la desobediencia de los Diez Mandamientos tenía como consecuencia inevitable cierto castigo. No es indispensable castigar, externamente, la falta de respeto a padre y madre. La disolución de las relaciones familiares arrastra consigo sus propias nefastas consecuencias. Quien comete un asesinato, termina eventualmente como víctima de una acción similar. Así argumenta Soloveitchik. Siguiendo esta orientación en nuestro razonamiento, nuestros jajamim tal vez entendieron que nega tzaráat es una advertencia que señala que la injuria y la calumnia no perjudican únicamente al injuriado y al calumniado, sino que se devuelven para castigar a la persona culpable, o sea al que injuria y al que calumnia.
El hecho de que el kohén es la persona escogida para “curar” a este “leproso espiritual” implica que la aflicción no tiene que ser permanente y que por tanto el castigo es reversible. Se trata entonces de una admonición que le dice al hombre, cuidado con la calumnia, porque su resultado es comparable a la odiosa lepra. Y tal como esta lepra puede ser “curada” si se siguen las instrucciones del kohén ofreciendo sacrificios que constituyen una admisión de culpa, igualmente, la injuria puede ser expiada. De esta manera podemos considerar a nega tzaráat como un proceso aleccionador y de prevención, en lugar de un castigo permanente por un pecado cometido.
Para el piadoso, el sufrimiento se convierte en una ocasión para obtener la atención de Dios. El peor castigo para el hombre de fe es el aparente abandono de Dios, héster panim en el lenguaje de la Kabalá. Para el religioso auténtico, el sufrimiento es preferible a la indiferencia de la Deidad y opta por el dolor frente a la posibilidad de la apatía Divina. Así dice el salmista: “feliz es el hombre al que Tu instruyes (se puede traducir igualmente del hebreo, ‘al que Tu castigas’), ¡ oh ! Eterno, y le enseñas Tu ley” (Salmos XCIV, 12).
Puede argumentarse también que el sufrimiento desarrolla y permite que salgan a relucir las cualidades de nobleza y, en ocasiones, de grandeza de los seres humanos. El sufrimiento nos hace más sensibles a las necesidades de otros y nos permite identificarnos, o al menos, comprender las miserias de los menos afortunados. ¿Cómo podríamos saborear lo dulce, si no probamos lo amargo? ¿Podríamos apreciar la dicha si desconocemos el sufrimiento y el dolor? Yisurim shel ahavá son los dolores de amor, en el lenguaje de los jajamim. Hermann Cohen, el gran filósofo judío dijo en una ocasión que sin leid no podía haber mittleid.
Las personas que poseen una fe profunda sostienen que los hombres tenemos una visión fraccionada de la realidad, que percibimos los hechos desde una perspectiva muy angosta. Por lo tanto, continuando con este argumento, hay ocasiones en las que el sufrimiento es un beneficio y no una dolencia. Recuerdo el relato de un sobreviviente del holocausto. En cierta oportunidad, cuando se estaba reuniendo una cantidad exacta de personas para ser enviadas a un campo de trabajo forzado, él, para aquel entonces un joven de diecisiete años, fue brutalmente desalojado de su puesto, por alguien que poseía una gran musculatura. Suponían que todos los que subían a ese vagón del tren se salvarían, a pesar del trabajo forzado al que serían sometidos. Los que quedaron atrás, correrían directamente una suerte diferente, la muerte. Pero el destino fue diferente. El vagón de ese tren se dirigía a los hornos de gas. El joven que fue sacado violenta e injustificadamente de su lugar, sobrevivió para contar este relato.
Aun para quienes las dolencias tienen un origen fisiológico exclusivamente, el ingrediente emocional y espiritual juega un papel importante en el desarrollo y la evolución de la enfermedad. La interpretación tradicional de nuestra lectura semanal sugiere en cambio, que en ciertas enfermedades, el parámetro espiritual es esencial y la nega tzaráat viene a ser una manifestación superficial de una dolencia interna que, en su origen, es un mal moral.
We are commemorating another anniversary of the greatest tragedy
We are commemorating another anniversary of the greatest tragedy suffered by the Jewish people in its entire history: the planned, structured and executed extermination by the Nazis during World War II of 6 million Jews, a third of the world population of our people in that immoral and inhuman stage of Humanity.
Much has been written about this tragedy, but it will never be enough. It should be remembered that General Dwight D. Eisenhower ordered the concentration camps be filmed, especially the cadaverous appearance of the survivors. He thought that years later, what happened would be denied because the tragedy was unparalleled in the annals of human history. Who will believe that man was able to commit such crimes?
Why did the Germans build crematoria in some concentration camps? It would have been more efficient to simply dump the bodies in some field or perhaps bury them underground. Perhaps the hatred for the Jew was of such a magnitude that it blinded them, and the Nazis did not want to leave a trace of their existence and turn them into ash that the wind would take away. They diverted resources from the front lines of combat in order to execute their diabolical plan against the Jewish people: “the final solution”, their total extermination so that there would be no remnant of what they considered to be a plague for humanity.
Perhaps there was another fundamental or simultaneous purpose: to leave no trace of the crime, if there is nobody of crime, there is no proof of a crime. And what of some survivors who in the future could bear witness to what happened? No one will believe them, because what they would tell would be impossible to imagine.
For this reason, towards the end of the war, the German army took care to destroy the vestiges of some of the concentration camps, so as not to leave visual testimony, not to leave a trace.
Decades after the tragedy, what should be our attitude? I remember that the late president of Venezuela Carlos Andrés Pérez once told me: how long are you going to talk about what happened? And he was quite right, we can’t guide our lives by cultivating hatred, because as one survivor recently put it: “Hate is a disease that can destroy your enemy, but will eventually destroy you as well.”
On the other hand, forgetting would be a sin and a tragedy. History teaches us that indifference is a mistake that parallels crime. The attitude of many nations that saw what was happening in those days and did not react, made them accomplices by inaction. History teaches that you have to respond, react immediately to any expression of anti-Semitism. To be silent is to agree tacitly to what is happening!
But the past is no longer, the present is temporary and we have to look to the future that cannot be built on a base of rancor or hatred. We must not forget, but at the same time we have to focus on tomorrow and the day after, and the best example is the State of Israel, which thanks to its Chalutzim, the pioneers who turned the desert into a garden, along with survivors of WWII and those who escaped the rancor and discrimination in several Arab countries, are building a nation and a society that is also unequaled in modern times. Including their reaction to the fearsome COVID-19 is an example for other nations to follow in the footsteps of the State of Israel.
Zachor, we will remember, but at the same time, we will look to the future with optimism because our people are anchored in the morality taught by the Torah that has allowed us to survive after all the nations that in past centuries tried to destroy us have disappeared.
We will transit, in the words of the prayer we recite after reading from the Torah on Mondays and Thursday: “from affliction to relief, from darkness to light, from submission to redemption, now, quickly and at an early time.”
Rabbi Pynchas Brener
NO OLVIDAR – ENFRENTAR EL FUTURO
Estamos conmemorando otro aniversario de la mayor tragedia sufrida por el pueblo Judío en toda su historia: el exterminio planificado, estructurado y ejecutado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial de 6 millones de judíos, una tercera parte de la población mundial de nuestro pueblo en esa etapa inmoral e inhumana de la Humanidad.
Mucho se ha escrito sobre esta tragedia, pero nunca será suficiente. Cabe recordar que el General Dwight D. Eisenhower ordenó se filme los campos de concentración, especialmente el aspecto cadavérico de los sobrevivientes. Pensó que años más tarde se negará lo ocurrido, porque la tragedia no tenía parangón en los anales de la historia humana. ¿Quién creerá que el hombre pudo haber sido capaz de cometer tales crímenes?
¿Por qué construyeron los alemanes crematorios en algunos campos de concentración? Hubiera sido más eficiente simplemente arrojar los cadáveres en algún campo o tal vez enterrarlos bajo tierra. Tal vez el odio por el judío era de tal dimensión que los había enceguecido y no querían dejar rastro de su existencia y convertirlos en ceniza que el viento se llevaría. Desviaron recursos del frente de combate para poder ejecutar su plan diabólico contra el pueblo judío: “la solución final”, su exterminio total para que no quede remanente alguno de lo que consideraban era una plaga para la humanidad.
Tal vez había otro propósito fundamental o simultáneo: no dejar rastro de su crimen, si no hay cuerpo de delito, no hay crimen. ¿Y qué de algunos sobrevivientes que en el futuro puedan dar testimonio de lo ocurrido? Nadie les creerá, porque lo que contarían sería imposible que haya ocurrido.
Por ello, hacia finales de la guerra, el ejército alemán se ocupó de tratar de destruir los vestigios de algunos campos de concentración, para no dejar testimonio visual, no dejar huella.
Décadas después de la tragedia, ¿Cuál debería ser nuestra actitud? Recuerdo que el finado presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez me dijo en una oportunidad: ¿hasta cuándo van a hablar de lo ocurrido? Y tenía gran parte de la razón, no podemos guiar nuestras vidas cultivando el odio, porque tal como lo apuntó un sobreviviente reciéntemente: “el odio es una enfermedad que puede destruir a tu enemigo, pero eventualmente te destruirá a ti”.
Pero olvidar, sería un pecado y una tragedia. La historia nos enseña que la indiferencia es un error paralelo al crimen, ya que la actitud de muchas naciones que vieron lo que estaba pasando en aquellos días y no reaccionaron, se convirtieron en cómplices debido a su inacción. La historia enseña que hay que reaccionar inmediatamente frente a cualquier expresión de antisemitismo. ¡Callar es otorgar!
Pero el pasado ya no es, el presente es pasajero y tenemos que mirar hacia el futuro que no puede construirse con el rencor ni el odio. No debemos olvidar, pero al mismo tiempo tenemos que concentrarnos en el mañana y el mejor ejemplo es el Estado de Israel que gracias a sus Jalutzim, los pioneros que convirtieron el desierto en jardín, junto con sobrevivientes de la guerra y quienes escaparon del rencor en varios países árabes, están construyendo una nación y una sociedad que tampoco tiene igual en los tiempos modernos. Incluso su reacción frente al temible COVID-19 es ejemplo a seguir para otras naciones.
Zajor, vamos a recordar, pero al mismo tiempo vamos a mirar el futuro con optimismo porque nuestro pueblo está anclado en la moralidad que enseña la Torá que nos ha permitido sobrevivir a todas las naciones que en el pasado intentaron destruirnos.
Transitaremos, en las palabras de la oración, “de la aflicción al alivio, de la oscuridad a la luz, del sometimiento a la redención, ahora, rápidamente y en una época pronta”.
Rabino Pynchas Brener